- Su instauración oficial ocurrió en 1868 bajo el Gobierno Provisional para modernizar la economía y alinearse con la Unión Monetaria Latina.
- A lo largo de más de un siglo, sus diseños reflejaron los cambios políticos, desde la monarquía y la Segunda República hasta la dictadura y la democracia.
- Desapareció oficialmente en febrero de 2002 para dar paso al euro, tras un largo periodo de convivencia y canje.
Hablar de la peseta es hacer un viaje sentimental por la memoria de millones de personas. Esta moneda no fue solo un trozo de metal o un papel impreso, sino una verdadera seña de identidad nacional que sobrevivió a guerras, cambios de régimen y crisis económicas, acompañando el día a día de los españoles durante más de 130 años.
Desde que se convirtió en la unidad monetaria oficial, la peseta fue testigo mudo de la transformación de España, pasando de ser un país de alpargatas a uno de corbatas y turismo de masas. Su historia está llena de curiosidades, motes populares y anécdotas que aún hoy, décadas después de la llegada del euro, siguen vivas en el lenguaje coloquial de nuestras calles.
El nacimiento y los primeros pasos

Aunque se hizo oficial el 19 de octubre de 1868 mediante un decreto del Gobierno Provisional tras la caída de Isabel II, la peseta ya existía en el imaginario popular. Etimológicamente, el término proviene del catalán peceta (una piececita), siendo un diminutivo de pieza. Otras fuentes sugieren que es simplemente el diminutivo de peso. Antes de su implantación nacional, ya circulaban piezas con este nombre en Barcelona durante la época napoleónica y en la Guerra de Sucesión.
La decisión de Laureano Figuerola, entonces ministro de Hacienda, de implantarla fue estratégica. Se buscaba borrar el rastro de la monarquía borbónica en las monedas y, sobre todo, integrarse en la Unión Monetaria Latina, liderada por Francia, adoptando el sistema métrico decimal. La primera moneda oficial de 1869 pesaba 5 gramos de plata y equivalía a cuatro reales de vellón. En aquel entonces, España era un caos monetario donde convivían hasta 21 unidades distintas, como los doblones, maravedíes o los Luises franceses.
Evolución visual y política

El diseño de la moneda siempre fue un espejo de quien mandaba en el país. Al principio, predominaban figuras como Hispania o matronas inspiradas en el arte romano. Con la llegada de la Segunda República, se produjo una ruptura estética total, introduciendo motivos republicanos y la famosa moneda de latón conocida como la Rubia, que lucía el rostro de una mujer representando la República.
Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco impuso su propia imagen. Durante décadas, los españoles llevamos el retrato del dictador en el bolsillo, con diseños que envejecieron junto a él. No fue hasta la llegada de la democracia cuando apareció la efigie de Juan Carlos I y el Escudo Real. En los años 90, la moneda se volvió más diversa y conmemorativa, incluyendo referencias a las comunidades autónomas, personajes históricos y eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 o la Expo de Sevilla.
Billetes y el mundo del papel moneda

El Banco de España obtuvo la exclusividad de emitir billetes en 1874. Las primeras series eran de valores muy altos (desde 25 hasta 1000 pesetas) y estaban destinadas principalmente a entidades financieras. Sin embargo, la inflación y la devaluación obligaron a crear billetes de menor valor, incluso llegando a usarse sellos-moneda de cartón durante la Guerra Civil debido a la escasez de metales.
En los años 70 y 80, se modernizaron los diseños para facilitar el procesamiento automático. Aparecieron billetes emblemáticos como el de 5000 pesetas, apodado el boniato por su color marrón, o el de 1000, conocido como talego o napo. La última serie, la de 1992, fue una colaboración con Alemania y rindió homenaje al descubrimiento de América con rostros como el de Cristóbal Colón o Hernán Cortés.
El lenguaje de la calle: motes y expresiones
Lo más fascinante de la peseta fue quizá el lenguaje que generó. La moneda de 5 céntimos era la perra chica y la de 10 la perra gorda, debido a que el león del escudo parecía un perro. De ahí viene la expresión «para ti la perra gorda», usada para cerrar una discusión con alguien testarudo. El duro, que eran 5 pesetas, se convirtió en la unidad de cuenta real para mucha gente, incluso cuando ya no existía la moneda física de ese valor.
También existían términos para las grandes cantidades. Un millón de pesetas se llamaba kilo, porque mil billetes de mil pesetas pesaban aproximadamente eso. A los billetes de 100 pesetas se les llamaba libras y a los de 1000, talegos. El término pesetero, usado para alguien obsesionado con el dinero, nació precisamente de las monedas pagadas a las tropas en la primera guerra carlista.
El adiós y la transición al euro
El final llegó el 1 de enero de 2002. Aunque el euro ya cotizaba desde 1998, fue en enero de 2002 cuando las monedas y billetes europeos entraron en circulación. Durante dos meses, la peseta y el euro convivieron en los bolsillos al cambio de 166,386 pesetas por euro. El canje en entidades bancarias terminó en junio de 2002, aunque el Banco de España permitió el cambio hasta el 30 de junio de 2021.
El destino final de las toneladas de metal fue curioso: muchas monedas de aluminio terminaron fundidas para fabricar barriles de cerveza, tuberías de refrigeración o hélices de barco. Hoy, la peseta solo sobrevive en colecciones numismáticas, en monumentos instalados en ciudades como Fuengirola o Tres Cantos, y en la mente de los pesetistas que aún hacen cálculos mentales para entender los precios actuales.
Esta moneda recorrió un camino increíble, desde su origen en las cecas catalanas y madrileñas hasta convertirse en un símbolo de la transición española. Fue la herramienta con la que se construyó el país moderno, reflejando cada crisis y cada éxito, y aunque ya no tenga valor legal, su legado permanece en el habla cotidiana y en la nostalgia de quienes recuerdan el sonido de un puñado de pelas al caer en la mesa.